En el corazón afrocaribeño de Puerto Rico, sus residentes luchan contra la erosión y la indiferencia del gobierno

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LOÍZA, Puerto Rico — Las olas chocan con fuerza contras las ruinas del Paseo del Atlántico, un malecón que alguna vez protegió parcialmente a los residentes de esta comunidad de las inclemencias del océano. La erosión a lo largo de esta costa al norte de Puerto Rico, a casi 32 millas (51 kilómetros) al este de San Juan, provocó la destrucción de este paseo durante más de una década. En 2012, la estructura se derrumbó exponiendo al barrio Parcelas Suárez al mar.

Los cerca de 1,560 residentes diariamente temen por vidas y residencias.

Parcelas Suárez es parte de la impresionante costa de Loíza. Sus residentes, en su mayoría afrocaribeños, batallan constantemente por un mejor futuro y responsabilizan al gobierno local y federal por tomar malas decisiones en la planificación de sus comunidades, en el desarrollo de proyectos para mitigar la erosión y por no dar seguimiento a las iniciativas establecidas.

En la alcaldía se mantiene un registro de los líderes comunitarios de Loíza —actualmente son 32— que se dedican a reclamar por mejores servicios para los casi 25,000 residentes.

Este centro comunitario, fotografiado en junio de 2019, fue destruído por la erosión. (Fotos de Víctor Rodríguez-Velázquez/GroundTruth)

Líderes comunitarios ante el futuro

“En Loíza, cuando algo falta, todos trabajamos unidos”, dice Modesta Irizarry, una líder comunitaria. Luego del paso del huracán María en 2017, Irizarry se unió a otras mujeres de Loíza para preparar alimentos para los damnificados en los refugios y organizó grupos para crear artesanías para la venta con el fin de recaudar fondos para las familias.

También unieron fuerzas para reclamar al Cuerpo de Ingenieros de Estados Unidos (USACE, por sus siglas en inglés) mayor transparencia sobre cuál será la estructura que construirán en Parcelas Suárez para proteger al barrio de la amenaza del océano.

Alexis Correa Allende, de 35 años, ha sido testigo del colapso del Paseo del Atlántico y de un centro comunitario de gran importancia para el barrio y, desde 2012, es el portavoz de la Junta Comunitaria. Correa Allende no tiene una educación formal en administración pública o política; se deja llevar, más bien, por su preocupación por la seguridad de sus vecinos y por la indignación que le provoca ver que el gobierno continúa dándole la espalda a su pueblo.

Desde 2009, la erosión costera precipitó la destrucción del malecón Paseo del
Atlántico en Parcelas Suárez, Loíza, Puerto Rico. Esta foto fue tomada en junio de 2019. (Fotos de Víctor Rodríguez-Velázquez/GroundTruth)

Siempre carga con una carpeta llena de planos, estudios sobre erosión costera, propuesta federales, bitácoras de las reuniones, cartas, correos electrónicos y todos los argumentos que ha presentado en nombre de su comunidad ante el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales de Puerto Rico, el gobierno municipal de Loíza y ante la comisionada residente, Jenniffer González Colón la única representante de Puerto Rico ante el Congreso de Estados Unidos.

Como portavoz de la comunidad, las propuestas de Correa Allende lograron que USACE asignara $5,170,000 en fondos para la construcción de un rompeolas que proteja las residencias de los vecinos de Parcelas Suárez. Ese se dinero fue aprobado en el 2018, pero aún no se sabe cuándo comenzarán los trabajos en la zona.

Mientras tanto, el golpe de las olas continúa contra la orilla, cada vez más cerca de las casas del barrio.

Mantienen viva una cultura

Loíza es un municipio de calles estrechas que inevitablemente conectan con el mar. Es un espacio donde abundan las palmeras y los “chinchorros”, una suerte de bares tradicionales donde los loiceños venden frituras, bebidas, comida local y agua de coco.

Son personas nobles y luchadoras, descendientes de aquellos esclavos africanos que llegaron a Puerto Rico durante en la colonia española por allá en el año 1,500. Muchas de estas personas fueron ubicadas en las costas de la isla, como en Loíza, para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar.

Es un pueblo que desafía el imaginario construido alrededor de la típica imagen del “jíbaro” puertorriqueño, en la que se prioriza la raza blanca sobre el resto que forman parte del mestizaje de la isla. Los loiceños, por el contrario, reclaman su
herencia africana.

Contrario al 11% del todos los puertorriqueños, en Loíza un 38% de los residentes se identifica de raza negra, un porcentaje conservador, según varios líderes comunitarios.

Modesta Irizarry, una líder comunitaria de 62 años, trabaja con grupos de mujeres en Loíza. Foto tomada en junio de 2019.
(Fotos de Víctor Rodríguez-Velázquez/GroundTruth)

Históricamente, Loíza ha sido olvidada por el gobierno, la industria privada, los medios de comunicación e incluso por los propios puertorriqueños de algunos otras regiones. El 50% de su población vive por debajo de los estándares de pobreza, según cálculos de 2019 del Censo. Aún así, sus playas cristalinas, su gastronomía, y su cultura sobreviven, como es el caso del baile de la “bomba”, una danza tradicional que respeta los estilos ancestrales de la cultura africana que llegó al Caribe y que se ha convertido en uno de los símbolos más icónicos para celebrar la cultura afro-puertorriqueña.

También se debe a que los liceños son trabajadores incansables para procurar un mejor futuro para su comunidad. Por ejemplo, el vendedor de cocos que pidió a este reportero un “break” para poder tumbar algunos cocos desde una palmera. La idea era que ninguno le golpeara al caer. Es que en Loíza todo el mundo busca las vías para poder ganarse el sustento. Ellos siempre atribuyen esa virtud a su herencia africana, que está presente desde la ropa —donde resaltan los colores vivos, como el amarillo, el verde y el rojo— o en los turbantes que algunas mujeres usan en sus cabeza hasta la cocina, en la que el pescado, el salmorejo, la yuca, el plátano y el coco son actores que no faltan. Algunos de estos platos son preparados en un “buren”, una técnica de cocina afro-taína en la que se cocina sobre una piedra caliente.

Loíza es la cuna de la cultura negra en Puerto Rico. Pero no ha sido fácil mantener la riqueza de esa herencia y a la vez batallar con la pobreza, el declive en la población, la erosión costera y todos los cambios impuestos desde que Estados Unidos llegó a Puerto Rico en el 1898, un año después de que la isla estableciera su propio gobierno fuera del dominio de España.

“El mar reclama el espacio que le quitamos”, reflexiona Irizarry, sentada frente a una playa erosionada en Loíza. Parcelas Suárez “ha batallado por años” añade. Por eso, todo lo demás no le quita la fe de que podrán mantener su comunidad y la cultura que la distinguen.